Entré en la cafetería, una pequeña cafetería de Nueva York donde el café es cutre y las tartas regulares, pero esta él. Me senté en la mesa donde me sentaba siempre y esperé pacientemente a ser reconocido por el camarero. El chico pareció verme y esbozo una gran sonrisa, pero no dejo de hacer lo que tenía que hacer. Al cabo de cinco minutos apareció a mi lado con una taza de café con vainilla y un pedazo de tarta de limón y se sentó enfrente de mí.
-Tres semanas. -Dijo muy serio.
-Tres semanas.- Repetí lentamente.- Que tendremos que recuperar rápidamente.
Cambié mi sitio y me senté al lado de él, de espaldas al resto de la cafetería. Me incliné sobre él chico y bese su cuello lentamente.
-¿Qué tal has pasado estos días?- Susurré entre beso y beso.
-Fue lento, y aburri... Ah... Para. No puedo concentrarme.
-No hace falta que te concentres...- Murmuré lentamente mientras subía por su cuello y mordisqueaba la oreja.
El chico giro la cabeza y me dejo besarle los labios, dulces y sabrosos, lentamente saboreando cada matiz y disfrutando de su cálido y suave tacto, pasando mi mano por debajo de su camiseta.
-¿A quién hay que llamar para que le pongan un café a uno?
-Será mejor que vayas.- Susurré.
-Sí. Será lo mejor.- Correspondió.
Me volví a sentar en mi silla, dejando sitio para que Zack saliese del rincón en el que le había encerrado.